miércoles, 26 de abril de 2023

El Día de los Libros Olvidados

 


Si dedicamos a la promoción de la lectura  un día, una semana de fastos, a veces  hasta un mes, las terribles simetrías exigen una efeméride que evoque los libros que nadie lee, las librerías que se vieron obligadas a cerrar, las bibliotecas abandonadas…

Reservamos para esta callada efeméride este final de abril en que el cesan las actividades de animación a la lectura y los volúmenes vuelven a la tranquilidad de sus estantes. Como buena fiesta secreta pasa sin pena ni gloria, pero este 26 de abril, festividad de San Isidoro, nos parece especialmente propicia. No olvidemos que el arzobispo hispalense promocionando el saber aprovechó su éxito para condenar centenares de libros a la irrelevancia, cuando no al intencionado olvido.

En esta ocasión comentaremos la imagen que el fotógrafo Nicola Bertellotti  comparte con nosotros y que ha titulado E altre poesie. Se trata de alguna villa italiana venida a menos, en la que uno de sus propietarios, preso de la melancolía fin de siècle, se entregó a un delirio neogótico, delirio eso sí, objetivo y rigurosos, como se pide a los bibliófilos y bibliómanos.

Nosotros, ávidos lectores de literatura de kiosco, merodeadores de la cuesta de Moyano y cinéfilos sin cura y sin criterios, preferimos sin embargo situarla en esa casa solariega inglesa tristemente famosa por tal crimen, tal fantasma, tal espectro que recuerda un misterioso asesinato por resolver. La llamaremos Enderby Hall y llamaremos a su orgulloso propietario Lord Abernethie.

Queda claro que Lord Abernethie ha muerto y que carece de un heredero digno de residir en Enderby Hall como lo habían hecho los Abernethie desde digamos, la redacción del Domesday Book. A partir de aquí ya interviene la conjetura: sus sobrinos se han repartido sus bienes y cada uno ha arramplado con los volúmenes que le han parecido oportunos. O la fortuna de los Abernethie ha muerto con el último lord y han sido sus acreedores los que han confiscado sus libros.

Las explicaciones se complican, siempre según los libros que hemos leído. Así ha sido el  propio lord quien ha ido vendiendo su colección al mismo tiempo y con la misma parsimonia que ha ido despidiendo a su servidumbre y desprendiéndose de sus afamadas yeguas.

Pero la riqueza, aunque sea ficticia, seduce a los lectores. Volvamos a esos herederos que sueñan con subastar los preciados incunables de su atrabiliario tío Richard y que sueñan también con su muerte. Esta llega y, al fin, pueden disponer del tesoro de Enderby Hall. Pero la biblioteca aparece apresuradamente arrasada. Buscan a Ellis, el fiel mayordomo. Pero Ellis ha desaparecido por un pasadizo y se ha llevado los libros consigo.

Podemos seguir fabulando, pues aún no han aparecido la institutriz, el ama de llaves, el detective, el coroner…  mientras la trama se enriquece y el lector se deja llevar por la impostura del red harring y cavila sobre el destino de los libros del muerto, deja de pensar en la suerte de los suyos.

Y es que una sola cosa es cierta: nuestras colecciones de libros son radiografías de nuestra personalidad, son vanitas de nuestras pretensiones y también son vanitas de nuestra muerte, pues quedan como fosilizadas cuando fallecemos. Pero esta es una impresión aparente. No tardará en ser destruida, repartida, vendida en almoneda… Si, por acaso, continua en su sitio, libros y estantes sufrirán el ataque de polillas, carcomas, mohos, humedades… Esa biblioteca que era nuestro retrato es ahora fiel trasunto de nuestro cadáver.


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 Procedencia de la imagen:

 

https://www.flickr.com/photos/nicolabertellotti/33585441595/in/photolist-TaQaFR

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