viernes, 26 de abril de 2024

El Día de los Libros Olvidados

 

Dedicamos a la promoción de la lectura  un día, una semana de fastos, a veces  hasta un mes. Por tanto, las terribles simetrías exigen una efeméride que evoque los libros que nadie lee, los ejemplares descatalogados, las librerías que se vieron obligadas a cerrar, las bibliotecas abandonadas…

Reservamos para esta callada conmemoración este final de abril en que el cesan las actividades de animación a la lectura y los volúmenes vuelven a la tranquilidad de sus estantes. Como buena fiesta secreta pasa sin pena ni gloria y un día vale tanto como su víspera. Dicho esto, el 26 de abril, festividad de San Isidoro, nos parece un aniversario especialmente propicio. No olvidemos que el arzobispo hispalense promocionando el saber aprovechó su éxito para condenar centenares de libros a la irrelevancia, cuando no al intencionado olvido.

En esta ocasión reflexionaremos sobre la imagen que la fotógrafa francesa Solène Gdsn comparte con nosotros en Instagram. Su título (The Neverending Story) es toda una declaración de intenciones.

Nuestras colecciones de libros son radiografías de nuestra personalidad, son vanitas de nuestras pretensiones y también son vanitas de nuestra muerte, pues quedan como fosilizadas cuando fallecemos. Pero esta es una impresión aparente. No tardará en ser destruida, repartida, vendida en almoneda… Si, por acaso, continua en su sitio, libros y estantes sufrirán el ataque de polillas, carcomas, mohos, humedades… Esa biblioteca que era nuestro retrato es ahora fiel trasunto de nuestro cadáver.

Eso escribimos el año pasado. Efectivamente, nuestras bibliotecas registran nuestro sueños y nuestras pretensiones, nuestros fracasos, nuestros futuros no realizados como ramas muertas. Esos manuales de actuación o escenografía que evocan aquellos años en los que creíamos que el teatro iba a dar sentido a nuestra vida. Esos tebeos de la infancia recomprados ahora a precio de oro para comprobar que el encanto que transmitían era otro cepo de la nostalgia. Alguna novela gruesa, laureada, imprescindible y de la que nunca llegamos a pasar de la página treinta… Las tristes historias de amor también tienen cabida en este anfiteatro del desengaño. Es el momento de recordar a Julio, un conocido nuestro  que atesoraba un Quijote de Doré. Lo adquirió para impresionar a una chica que no se dejó engañar y que nunca llegó a ser su novia…

Las bibliotecas personales nos retratan con tal precisión que no solo enseñan a la persona real, también la que quería o quiso ser. Registran nuestras imposturas. Estas son fantasmadas, llamaradas espectrales ¿Pero acaso nuestros sueños no revelan nuestra naturaleza?

Volviendo a la imagen, Solène no identifica al propietario de esta raída biblioteca. No puede hacerlo, pues pertenece a ese grupo de fotógrafos que se aventuran en edificios abandonados. Pero podemos reconstruir la historia de ese amante de los libros. O intentarlo.

Como otros tantos bibliófilos, devino en bibliómano y fue adquiriendo más libros de los que podía leer, aunque llegase a vivir un siglo, aunque conservase indefinidamente esa testamentaria plena posesión de las facultades. Las novedades se acumulaban, cimentaban torres de volúmenes, acababan, resignadas, dispuestas en estratos. Y el vacilante hábito lector se quedaba en las obras más banales o, peor, se dispersaba en relecturas de libros que acababa recitando de memoria. Mientras tantos, los estantes comenzaban a combarse, a vencerse, a trazar esa sonrisa que preludia su quiebra, el colapso…

Los libros ocupan un lugar físico. No solo acumulan olvido y polvo. También pesan. Una estantería supone una carga considerable, constante, no prevista, sobre un piso o sobre una pared medianera. Cuando el dueño ha muerto o está recluido con el resto de ancianos desmemoriados, sus estanterías pueden desplomarse sobre la desprevenida Solène. Esos libros pueden perforar el tabique o, peor, el entresuelo. No exageramos. Desde que transformaron la vida del propietario en un despropósito, los libros han sido siempre y solamente una trampa.

Un último espejismo. Fanáticos de los formatos apaisados, el frontispicio elegido mezcla una biblioteca real con los artificios de la inteligencia artificial. A continuación, reproducimos la instantánea real, la vanitas de Solène. Igual ella también recurrió al retoque, al  fingimiento, al engaño. Estudiados simulacros sobre los que cae, inexorablemente, el telón.





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Procedencia de la imagen original:


https://www.instagram.com/p/CthC_q5o8V8/igshid=MTc4MmM1YmI2Ng%3D%3D&epik=dj0yJnU9MF9ZcFZvZmV2NjE4aWtPcXJTbnhlb2I0YzU1MkRPZVMmcD0wJm49RzhlTDNaTXBMcDcwMjhVVzZrc21GQSZ0PUFBQUFBR1lxbHFN

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