domingo, 26 de abril de 2026

El Día de los Libros Olvidados

 

Dedicamos a la promoción de la lectura un día, una semana de fastos, a veces hasta un mes. Por tanto, las terribles simetrías exigen una efeméride que evoque los libros que nadie lee, los ejemplares descatalogados, las librerías que se vieron obligadas a cerrar, las bibliotecas abandonadas…

Reservamos para esta callada conmemoración este final de abril en que el cesan las actividades de animación a la lectura y los volúmenes vuelven a la tranquilidad de sus estantes. Como buena fiesta secreta pasa sin pena ni gloria y un día vale tanto como su víspera o su octava. Dicho esto, el 26 de abril, festividad de San Isidoro, nos parece un aniversario especialmente propicio. No olvidemos que el arzobispo hispalense promocionando el saber aprovechó su éxito para condenar centenares de libros a la irrelevancia, cuando no al intencionado olvido.

En otras ocasiones reflexionamos sobre una instantánea de una biblioteca abandonada, una vanitas. En la entrada que ahora redactamos es el pie de foto, una reflexión breve, atinada y portentosa, la que se lleva la parte del león. Esta maravilla procede de  una cuenta de Instagram, Lost Places Europe by Peter Untermaierhofer [@lost_places_urbex_europe], quien tuvo la generosidad de compartir sus exploraciones y sus melancolías el cuatro de febrero del presente año. Lo título Relics of Former Importance. Esta es nuestra pobre traducción:

Reliquias de la Antigua Importancia

Esta habitación no fue construida para guardar libros. Fue construida para honrarlos.

Los estantes cubren las paredes desde el suelo hasta el techo y se despliegan por los muros del cuarto, pareciendo una fortaleza de papel coronada por una galería. En este escenario la lectura se convierte en algo casi ceremonial. Los paneles de madera oscura, los ornamentos tallados, hasta las vidrieras que tamizan la luz del día… todo indica que esta biblioteca perteneció una vez a un mundo donde el conocimiento tenía peso, donde aprender era algo en lo que podías entrar y que podría envolverte, incluso de una forma literal.

Y sin embargo, el suelo de la estancia cuenta la historia opuesta. Vemos páginas y fragmentos esparcidos por la alfombra como hojas caídas. Vemos unos cuantos libros abandonados boca abajo, como si incluso ellos renunciaran a intentar transmitir sus lecciones. El sofá de cuero todavía permanece allí, esperando, pero el silencio ha cambiado: no se trata del silencio tranquilo de la concentración, sino del silencio hueco de  la ausencia, de algo que ha quedado atrás.

El globo terráqueo colocado junto al sofá es el símbolo perfecto concentra y resume todo este despliegue de símbolos.  Es un recordatorio del momento en el que descubrir el mundo significaba pasar páginas, seguir líneas en un mapa, construir lentamente una imagen en tu cabeza. Hoy llevamos el mundo en nuestros bolsillos, pero esa inmediatez tiene un precio: el conocimiento se vuelve rápido, interminable y, extrañamente, desechable. No lo mantenemos de la misma manera. No vivimos con eso. Pasamos por encima de él.

Estancias como esta se sienten como monumentos erigidos al Ritmo Diferente. A la Paciencia. A la Profundidad. A la idea de que entender valía la pena el tiempo que exigía. Muchos de los títulos en estos estantes pueden ya no importar en un sentido práctico - obras de referencia obsoletas, ediciones olvidadas, conocimientos reemplazados por actualizaciones y barras de búsqueda -  pero el espacio en sí mismo sigue importando. Porque muestra lo que en otro tiempo todos creíamos: que los libros no eran mero contenido, sino un legado.

Este es el texto original:

Relics of Former Importance

 This room wasn’t built to store books. It was built to honor them.

Floor-to-ceiling shelves wrap around the walls like a fortress of paper, topped by a gallery that turns reading into something almost ceremonial. The dark wood paneling, the carved details, even the stained-glass window catching the daylight — everything says this library once belonged to a world where knowledge had weight, where learning was something you could enter and physically surround yourself with.

And yet the scene on the floor tells the opposite story. Pages and fragments scattered across the rug like fallen leaves. A few books abandoned face-down, as if even they gave up trying to be found. The leather sofa still sits there, waiting, but the silence has shifted: not the calm silence of concentration — the hollow silence of something that has been left behind.

The globe beside the couch is the perfect symbol. It’s a reminder of a time when discovering the world meant turning pages, following lines on a map, slowly building a picture in your head. Today we carry the world in our pockets, but that immediacy comes at a price: knowledge becomes fast, endless, and strangely disposable. We don’t keep it the same way. We don’t live with it. We scroll past it.

Rooms like this feel like monuments to a different rhythm. To patience. To depth. To the idea that understanding was worth the time it demanded. Many of the titles on these shelves may no longer matter in a practical sense — outdated reference works, forgotten editions, knowledge replaced by updates and search bars — but the space itself still matters. Because it shows what we used to believe: that books were not content, but legacy.


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Procedencia de la imagen y texto originales:

https://www.instagram.com/p/DUVmGM6DC0A/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=NTc4MTIwNjQ2YQ==

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