Dedicamos
a la promoción de la lectura un día, una semana de fastos, a veces hasta un
mes. Por tanto, las terribles simetrías exigen una efeméride que evoque los
libros que nadie lee, los ejemplares descatalogados, las librerías que se
vieron obligadas a cerrar, las bibliotecas abandonadas…
Reservamos
para esta callada conmemoración este final de abril en que el cesan las
actividades de animación a la lectura y los volúmenes vuelven a la tranquilidad
de sus estantes. Como buena fiesta secreta pasa sin pena ni gloria y un día
vale tanto como su víspera o su octava. Dicho esto, el 26 de abril, festividad
de San Isidoro, nos parece un aniversario especialmente propicio. No olvidemos
que el arzobispo hispalense promocionando el saber aprovechó su éxito para
condenar centenares de libros a la irrelevancia, cuando no al intencionado
olvido.
En
otras ocasiones reflexionamos sobre una instantánea de una biblioteca
abandonada, una vanitas. En la entrada que ahora redactamos es el pie de
foto, una reflexión breve, atinada y portentosa, la que se lleva la parte del
león. Esta maravilla procede de una
cuenta de Instagram, Lost Places Europe by Peter Untermaierhofer [@lost_places_urbex_europe],
quien tuvo la generosidad de compartir sus exploraciones y sus melancolías el
cuatro de febrero del presente año. Lo título Relics of Former Importance.
Esta es nuestra pobre traducción:
Reliquias
de la Antigua Importancia
Esta
habitación no fue construida para guardar libros. Fue construida para
honrarlos.
Los
estantes cubren las paredes desde el suelo hasta el techo y se despliegan por
los muros del cuarto, pareciendo una fortaleza de papel coronada por una
galería. En este escenario la lectura se convierte en algo casi ceremonial. Los
paneles de madera oscura, los ornamentos tallados, hasta las vidrieras que tamizan
la luz del día… todo indica que esta biblioteca perteneció una vez a un mundo
donde el conocimiento tenía peso, donde aprender era algo en lo que podías
entrar y que podría envolverte, incluso de una forma literal.
Y
sin embargo, el suelo de la estancia cuenta la historia opuesta. Vemos páginas
y fragmentos esparcidos por la alfombra como hojas caídas. Vemos unos cuantos
libros abandonados boca abajo, como si incluso ellos renunciaran a intentar transmitir
sus lecciones. El sofá de cuero todavía permanece allí, esperando, pero el
silencio ha cambiado: no se trata del silencio tranquilo de la concentración, sino
del silencio hueco de la ausencia, de algo
que ha quedado atrás.
El
globo terráqueo colocado junto al sofá es el símbolo perfecto concentra y
resume todo este despliegue de símbolos. Es un recordatorio del momento en el que
descubrir el mundo significaba pasar páginas, seguir líneas en un mapa,
construir lentamente una imagen en tu cabeza. Hoy llevamos el mundo en nuestros
bolsillos, pero esa inmediatez tiene un precio: el conocimiento se vuelve
rápido, interminable y, extrañamente, desechable. No lo mantenemos de la misma
manera. No vivimos con eso. Pasamos por encima de él.
Estancias
como esta se sienten como monumentos erigidos al Ritmo Diferente. A la Paciencia.
A la Profundidad. A la idea de que entender valía la pena el tiempo que exigía.
Muchos de los títulos en estos estantes pueden ya no importar en un sentido
práctico - obras de referencia obsoletas, ediciones olvidadas, conocimientos
reemplazados por actualizaciones y barras de búsqueda - pero el espacio en sí mismo sigue importando.
Porque muestra lo que en otro tiempo todos creíamos: que los libros no eran
mero contenido, sino un legado.
Este
es el texto original:
Relics of Former
Importance
This room wasn’t built to store books. It was
built to honor them.
Floor-to-ceiling
shelves wrap around the walls like a fortress of paper, topped by a gallery
that turns reading into something almost ceremonial. The dark wood paneling,
the carved details, even the stained-glass window catching the daylight —
everything says this library once belonged to a world where knowledge had weight,
where learning was something you could enter and physically surround yourself
with.
And
yet the scene on the floor tells the opposite story. Pages and fragments
scattered across the rug like fallen leaves. A few books abandoned face-down,
as if even they gave up trying to be found. The leather sofa still sits there,
waiting, but the silence has shifted: not the calm silence of concentration —
the hollow silence of something that has been left behind.
The
globe beside the couch is the perfect symbol. It’s a reminder of a time when
discovering the world meant turning pages, following lines on a map, slowly
building a picture in your head. Today we carry the world in our pockets, but
that immediacy comes at a price: knowledge becomes fast, endless, and strangely
disposable. We don’t keep it the same way. We don’t live with it. We scroll
past it.
Rooms
like this feel like monuments to a different rhythm. To patience. To depth. To
the idea that understanding was worth the time it demanded. Many of the titles
on these shelves may no longer matter in a practical sense — outdated reference
works, forgotten editions, knowledge replaced by updates and search bars — but
the space itself still matters. Because it shows what we used to believe: that
books were not content, but legacy.
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Procedencia
de la imagen y texto originales:
https://www.instagram.com/p/DUVmGM6DC0A/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=NTc4MTIwNjQ2YQ==

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