miércoles, 30 de septiembre de 2009

En la muerte de un poeta

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José Antonio Muñoz Rojas

Poeta español nacido en Antequera (Málaga). Estudia Derecho en la Universidad Central de Madrid y en 1929 publica Versos de retorno. Gracias a este libro, se relaciona con los poetas Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, Luis Cernuda y Leopoldo Panero. Con éste último funda la Nueva Revista. En 1932 visita la ciudad de Cambridge por primera vez y escribe algunos cuentos que publicará bajo el título de Cuentos surrealistas. En 1934 conoce a Dámaso Alonso, Pablo Neruda, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández y García Lorca. A comienzos de 1936 marcha de nuevo a Cambridge, donde es nombrado lector de español, y visita en su residencia londinense a T.S. Eliot, profundizando en el conocimiento de la poesía inglesa. En 1939 regresa a España. En 1942, se publican los Sonetos de amor por un autor indiferente, y un año después Abril del alma. En 1945 publica un libro fundamental, Historias de familia y en 1951 se traslada a Madrid, donde publica la que muchos consideran su obra maestra en prosa, Las cosas del campo (1951). Dirigió junto a Alfonso Canales, Papel Azul, suplemento de la revista Gibralfaro, y colaboró en la revista poética gaditana Platero. En 1954 publica Cantos a Rosa y tres años después uno de los libros en prosa más bellos de cuantos han salido de su pluma, Las musarañas. Más tarde, Lugares del corazón (1962), Coplillas (1966), Salmo (1970), Antequera, norte de mi pluma (1977) y en 1992, Amigos y maestros, sus memorias literarias. Poeta amante del equilibrio, fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía (1998) por Objetos perdidos, y con el Premio Reina Sofía de Poesía (2002). © el poderdelapalabra.



Tu oficio, poeta




Para que algo quede de este latir,




para que, si alguien quiere mirarse, pueda;




para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga




«a mí me pasó algo semejante».




Los poetas estamos para eso:




para ofrecerles tránsito a los demás,




para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen




un poco más allá, en medio




de tanta oscuridad como nos circunda.




A veces nada tiene sentido, ni siquiera




que me des la mano o ese




limón redondo tan bello en la vereda.




A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,




ese poco de sangre por la cual se muere.




Todo es ganas de morir de otra manera,




ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea




que hay otras aguas y otras penas, y los cielos




contemplen misericordiosamente




nuestras peregrinaciones.




Tu oficio, poeta, es contemplar,




que todo se te escriba dentro; luego,




quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros



lo que allí mismo, escrito, tú lees.





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Hay palabras que se unen y crean.




Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga




de huéspedes en el alma será salvo.




Decirlas es perderlas. Viven dentro.




Sus nombres son Silencio y Soledad.




Y su fruto la paz. A veces nuestra.



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